—La acabo de ver.
—No puede ser. ¿Coincidencia?
—Sí.
Llamadlo como queráis pero yo sé que no hay nada al azar. Ha sido la segunda vez. Hubo una primera en la que aún no nos habíamos puesto nombre, en la que aún éramos prácticamente unos desconocidos. Las calles se estrecharon para desembocarnos en el mismo cruce. Y eran cientos las voces que por todas partes coreaban un unísono adelante. Pero desde entonces no hubo más. No hubo más encuentros fortuitos.
—¿Dónde?
—No importa. Lo único que importa es que arrastraba un fardo con sus brazos, dejando un surco sobre la calzada.
—¿Qué? ¿Y antes no?
—No.
—Joder, es idéntico al tuyo.
¿Por qué? ¿Por qué hoy que es el día en el que tiene que volver a suceder? Las calles vuelven a estrecharse pero esta vez hay una diferencia. No lo sabe. La observo desde el otro extremo del mundo. Como si fuera inalcanzable. Pero está ahí. La estoy viendo en este momento pasar con su chaquetón verde. Y cruza una de las calles que alguna vez cruzamos juntos. ¿Por qué no puedo simplemente gritar y que gire su cabeza hacia la mía? Estoy encerrado en un coche. Y no puedo dejar de mirarla. Siento que va a partirse en cualquier momento.
—Por cierto, ¿qué llevas ahí?
—Pesimismo.
—¿Crees que ella lo llevará también?
—No puedo saberlo.
—¿Por qué no le preguntas?
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