Durante unos meses estuve yendo a una finca de caballos. Fue en el tiempo en el que obvié mis estudios y dejé aquellos libros para acercarme a otros que me enseñaron bastante más que los obligatorios. En aquel lugar siempre había, aparte de caballos, un gato y un perro. Y siempre se alternaban silencios con persecuciones. Cada día sin importar la hora veías al gato correr y unos metros detrás al chucho con sus andares patizambos y la lengua arrastrando por kilómetros. La escena era tan evidente que había días que la veía como si mirase a algún rincón vacío.
Pero un día, el gato se despistó. Y allí estaba yo para presenciar la escena. El gato, iluso de él, se creía tranquilo bebiendo de algún charco, o yo que sé de dónde bebía, y el perro, aún más sigiloso que él, olvidó su peculiar torpeza para caminar con paso firme y seguro hasta a unos escasos centímetros de él. Cuando ya el aliento chocó con su nuca, el gato dejó de beber para girar su cabeza y mantener la mirada con su fiel, y no mejor amigo, perseguidor. Pensé, ya está, lo mata. Pero no. Se quedaron mirando por unos segundos hasta que el gato inició una nueva carrera y el perro incluso se permitió dejarle una ventaja de algunos segundos para volver a iniciar una nueva persecución.
Siempre he pensado que tras esto se esconde algo bastante tocho.
No hay comentarios:
Publicar un comentario