miércoles, 25 de marzo de 2015

Amorfa.

 — Cuanto más tiempo estemos juntos más desfigurarás mi rostro. 
 — ¿Yo?
 — No, yo.

Desde el principio sabían cuáles eran las reglas pero aún eran jóvenes. Lo suficiente como para no responsabilizarse de sus cagadas. Poco hay que decir del principio que no se haya dicho ya en cientos de caras por cientos de años. Pasó el tiempo. Y como siempre el tiempo fue el que determinó todo. Puedes crear cualquier cosa y no alterarla jamás que el tiempo hará que se deforme hasta el punto en que no tenga que ver con nada anterior. Así pues, ella dejó de serlo. 

 — Oh dios mío. ¿Puedes ver mi cara? Estoy horrible.
 — ¿Qué ocurre?
 — Mírame. 
 — Qué pasa.
 — ¿No lo ves?
 — El qué. 
 — Mi cara ya no es como solía ser. Soy otra persona. 
 — Yo te veo como siempre.
 — Debes estar ciego.
 — No sé.

Pero era cierto. Era horrible. Su pelo, sus manos, labios, su culo y sus ojos, oh sus ojos, parecían tan secos que chirriaban al mirar. Tan cansados como su alma. Difícilmente podía ser peor. Pero él no la veía así. La miraba de la misma manera que aquel primer día. Sencillamente perfecta. Sus más y sus menos pero siempre acababa sumando. Solo estaba hecho para ella. No podía dejarla ir. 

 — No quiero que me mires.
 — ¿Cómo?
 — Que no me mires.
 — ¿Por qué?
 — No puedo dejar que me veas así.
 — No me importa. 
 — A mí sí. 

No lograba comprender nada. Para él todo seguía siendo igual; pero todo había cambiado. 

 — Me voy a ir.
 — ¿Dónde?
 — Lejos.

Llegó un momento en el que simplemente mantenía silencio con tal de no enfadarla. Cada vez que sucedía su cara se deformaba un poco más. Así que dejó de preguntar. Dejó de decirlo todo para no decir nada. Y solo daba y daba. Tenía esperanza en que el efecto se revirtiese según más cosas hacía por ella. Pero no era así. Incluso iba a peor. 

 — Ya no logró entender nada de lo que pasa.
 — ¿Por qué dices eso?  — dijo mientras se le escapaban las babas de su boca desfigurada.
 — Solo quiero ayudarte. Pero parece que todo esto era más de lo que podíamos suponer. Me quiero ir.
 — No te vayas.
 — ¿Por qué? Siempre te has ido tú y me has dejado aquí solo. Ahora quiero irme yo. Porque estoy harto de todo esto. No puedo hacer nada para revertirlo y todo parece ir a peor. Ya no sé ni a dónde puedo mirarte. 
 — Decías que me seguías viendo como al principio...  — su mandíbula se desprendió unos centímetros más. No aguantaría mucho así.
 — Era así, pero te has esforzado demasiado en hacérmelo ver que ya no sé ni cómo te veo. Solo sé que no me gusta. He intentado todo lo que estaba en mi mano pero no te has dejado. Incluso parecía que te molestaba, como si mis intenciones no hubieran sido buenas. Y todo era por ti. Por nosotros.
 — Lo siento, no me había dad — su mandíbula cayó al suelo. Partiéndose en tres pedazos.
 — Si me voy ahora, aún estás a tiempo de volver a ser cómo solías. Por tu bien, me marcho.
 
Ella solo podía balbucear y mirar la puerta ante ella cerrarse: quedando en perfecta oscuridad. Estaba por fin sola y por fin volvería a ser perfecta por fuera pero vacía por dentro. Con lo fácil que era.


Pasaron algunos años y ambos se encontraron en algún lado. Ella era tan preciosa como al principio y él, bueno, era un poco más viejo. 
 — Quiero volver a todo eso.
 — ¿No recuerdas cómo te pusiste?
 — Sí.  
 — Te recuerdo que fuiste tú la que se fue cientos de veces. Yo solo una. Y desde entonces todo te ha ido a mejor.
 — Puede que por fuera sea como quiero ser, pero solo tú sabes hacerme por dentro. Nadie me había dado tanto.
 — También te lo quité. Te quité todo cuanto tenías por hacerte mía. 
 — Lo perdería todo por pasar de nuevo un día juntos. 

Y su mandíbula se volvió a partir. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario