lunes, 11 de mayo de 2015

Homicidio involuntario.

Lo cogió y sin más salió de casa. Se dirigió hacia la suya, Sabía que se encontraría allí, mirando su teléfono sonriendo, pensando que era tan grande que ni ella podría acercarse a plantarle cara. Estaba equivocado.



Llevaba ya algún tiempo siendo un poco extraño. Ella le seguía amando como el primer día pero por algún extraño motivo, él decidió someterla a una serie de pruebas diarias. Si las superaba, estarían juntos; si no, pues no. Ella no lograba entenderlo pero así era. Y él, tampoco lo entendía. Solo sabía que disfrutaba viéndola correr de un lado para otro, arrastrándose, y solo sabía que quería más y más aunque ella no pudiera dárselo. Y perdía. Perdía tantas veces que hacía semanas que no le veía un rato a solas. Llegó incluso a pensar que había otra. Nada tenía sentido. No entendía porqué ser así por la felicidad mutua. Solo sabía que debía pasar todas esas pruebas una y otra vez. 
Estaba cansada de recordar nada. El pasado no significa nada. Solo el futuro — pensaba. — Y cada vez caminaba más deprisa. 

Creía conocer el motivo de las pruebas. Pero cada vez que su mente se acercaba a la verdad retrocedía cientos de metros. Intentaba sumergirse en su mente para empatizar; saber cómo funcionaba todo allí dentro y así entender el porqué de todo aquello. Pero no tenía que hacerlo. No había nada que entender. Era así, sin más. 

Sus pálidas piernas flaqueaban un poco más a cada paso que daba. Sabía que estaba cerca de él. Podía sentirlo. Esta vez no habría ninguna prueba entre ellos. Estaba allí, justo delante de su puerta. No llamó al timbre. Esperó. Y la puerta se abrió sola. 

Si tan solo pudiese darle un botón para hacerle ver cómo veía todo. Que todo era mucho más fácil, que ella no quería joderle en ningún momento. Que simplemente era de una manera, y torcía a otra en décimas de segundo. Y ella seguía sin entender nada. Solo temblaba y esperaba que todo pasase. Que se le olvidara. Que se diera cuenta de lo duro que estaba siendo con ella. Pero ella no podía hacer nada. Solamente podía sentarse, sola, sin él, y esperar a que él se mirase en el espejo y pensase joder, tiene razón.

Pero era tarde. Le perforó el pecho veintitrés veces, o veinticuatro. Su cara se desfiguraba del dolor y la de ella por el odio. Quería verle sufrir. Quería que sintiera de una manera física todo lo que él la había hecho sentir de una manera psicológica. Quería verle morir. Apretó y apretó su cuchillo contra su pecho. Sus dientes chirriaron tanto que hasta se partieron. No quedó ni uno. Los de ella, me refiero. Su manó se engarrotó tanto al mango del cuchillo que incluso llegué a pensar que viviría eternamente con su hoja adosada a la palma de la mano. Mientras lo hacía, solo podía pensar una y otra vez no quiero joderte. 

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